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domingo, 5 de abril de 2020

El año que empieza con la sequía y termina en cuarentena



Sin fotos, porque las palabras son más que suficientes hoy.


El pasado día 8 de marzo hizo un año que aterrizamos en Manila. El tiempo pasa rápido, pero echando la vista atrás han sucedido demasiadas cosas. Si algo tiene vivir en Filipinas es que no te aburres, siempre pasa algo, como una aventura constante. 

Sin contar el tema político o de Derechos Humanos, que daría mucho para contar, sólo voy a centrarme en este post en los temas naturales. Y es que este año empezó sin agua y ha terminado sin calle, y no ha habido ni un solo mes que no pase nada.


Marzo de 2019, el niño:

La llegada con mi familia fue a Makati, el distrito financiero de Manila. Desde fuera de Filipinas se ve a este casco urbano como una ciudad, pero son varias, con distintos ayuntamientos, y Makati es una de las más ricas de ellas. La idea al llegar a un edificio nuevo de esa zona era estar cerca, caminando, de los lugares donde iba a tener las reuniones de los primeros días.

En principio todo parecía estupendo: un “airbnb” en un lugar estratégicamente situado, barato, en un edificio nuevo con piscina… pero la realidad cuando se llega a la otra punta del mundo puede ser otra: una nueva construcción en un barrio que no parecía del todo seguro, con tráfico imposible para andar con una peque de año y medio, y con una piscina parece que no demasiado funcional. Y claro, es que no estaba en servicio porque justo llegábamos en un momento de sequía.

El fenómeno se llamaba “El Niño”. Sin agua de 8 am a 7 pm en muchos barrios, sobre todo los más humildes, y tocó la zona del edificio. Las sequías en esta zona tan poblada pueden ser comunes, cíclicas cada año, ese fue el primer aprendizaje al llegar: no dar nada por hecho, tener la mente abierta y comprender.

Y es así como rápidamente tratamos de mudarnos a nuestro nuevo piso, en el que sí había agua.


Abril de 2019, terremoto en Luzón:

Y al poco tiempo de llegar, cuando todavía estábamos instalándonos con todas nuestras cosas y reparando el aire acondicionado, un gran terremoto tiene lugar. Es conocido que esta zona del mundo es bastante inestable sísmicamente hablando, y lo pudimos constatar en el piso 24 en el que vivimos. 

Aunque otra mucha gente lo sufrió más, porque con esa magnitud las casas de construcción dudosa no sobreviven, pero es que las buenas también pueden verse afectadas. Todo tiene un límite.

En este caso el epicentro fue al norte de la isla de Luzón, donde está Manila, con lo cual las poblaciones más afectadas fueron aquellas pequeñas al norte de la capital.


Mayo de 2019, los golpes de calor:

Y es así como entramos en el mes de mayo, cuando el calor extremo empieza a hacerse notar. A principios de mes recibo un sms de la agencia nacional de alertas que dice que cuidado al salir a la calle, que trate de no estar fuera a mediodía y que me cubra bien. Y es que la humedad con esos cuarenta y tantos grados contantes al sol no son sanos. Algo parecido al verano en el sur de Europa, pero mucho más “pegajoso” y puede llegar a ser peligroso si te expones mucho.

Es por esas épocas cuando empezamos a hacer nuevos amigos y salimos al parque con niños… y nos volvernos corriendo a mediodía.


Junio a septiembre de 2019, lluvias y más lluvias:

Como si el calor hubiese hecho elevarse el agua de la tierra y tuviera que caer hasta volver toda a su lugar, así como para que todo esté donde tiene que estar, de ese modo intenso empiezan las lluvias. Un día por la tarde el cielo se cubre, llegan los relámpagos, y ya ningún día más por la tarde durante cuatro meses vuelve a estar despejado. A veces tampoco por la mañana. Día y noche de duchas o paraguas, pero sin frío, lo cual no se lleva mal. Con chanclas al cine y a reuniones, con charcos que Mila salta como si no hubiera un mañana… así pasa la época de lluvias.

Y pasar el tiempo mirando por el ventanal hacia las nubes grises oscuras, esperando que no llegue un tifón y choque contra la ventana, de la misma forma impetuosa que lo hacen las gotas, adornadas por la luz de esos relámpagos de fondo. Y no salir mucho porque no se encuentra transporte tan fácilmente.


Agosto y septiembre, el brote de dengue:

Si algo malo tiene de lo que traen as lluvias es que el agua que queda estancada provoca brotes de enfermedades endémicas en Filipinas como el dengue. Todo el año hay algunos casos, pero en esta época se disparan y comienzan a ser realmente preocupante para alguien con una pequeña familia. El repelente y la vitamina b no faltan, todo remedio contra los dichosos mosquitos es poco. Son molestos, no me importa que piquen si tienen que alimentarse, pero es que lo que no saben el mal que hacen.

O lo saben pero la naturaleza hace su parte, en lugares superpoblados. Una pena para las personas, algo irremediable en muchos casos. El dengue en Filipinas es fuerte, si te toca el hemorrágico es complicado recuperarse.

Una vez más, sanos.


Octubre de 2019, mes de inundaciones de Zamboanga:

A veces pasa también que una región u otra del país no tienen las lluvias al mismo tiempo. Y ese fue el caso del año 2019. Cuando parece que amainan esos días grises en Manila, de repente un día recibo noticias de inundaciones en Zamboanga. Desde la distancia, con llamadas con mis compañeras, activamos una emergencia. Mucha gente, entre ella la más pobre de la ciudad, se queda sin casa o sin poder entrar a ella por semanas.

No es raro activar un pequeño fondo de emergencia que tiene el proyecto con el que trabajo ahora, por eso mis actuales compañeras lo incluyeron en el presupuesto, para situaciones como esta, para poder actuar rápidamente.


Noviembre de 2019, terremoto en Mindanao:

Y tras las inundaciones, cuando ya parece que todo estaba recuperándose y que llega la época más tranquila del año (de noviembre a febrero), hay un terremoto en Mindanao. No en Zamboanga, pero cerca, y de nuevo comienzan los desplazados y las emergencias, aunque esta vez no nos toque tan de cerca.

De hecho en Filipinas no hay ninguna crisis constante como en otros países en los que he trabajado (Mauritania, Argelia,…) pero lo que hay son muchas emergencias seguidas a lo largo del año. Eso es seguro, las emergencias van a aparecer, hay que saberlo al aterrizar. La gran falla que pasa por aquí y que llega hasta América hace su parte en el caso de los movimientos de tierra.


Diciembre de 2019, el gran tifón:

Al igual que también hace su parte la situación estratégicamente negativa que tienen las islas del centro de Filipinas (zona de Visayas), situadas en lo que se llama el “corredor de los tifones”. Ningún año se libran de alguno o varios de ellos y tampoco lo han hecho el pasado. Pero lo extraño es tener un gran tifón tocando Manila, ya que está más al norte y no es el lugar normal donde suelen haber estos problemas tan graves.

Pero llegó ese gran ojo, al centro de la mega urbe, al ladito de mi casa donde la familia me esperaba llegar el sur. Por supuesto no pude salir de Zamboanga y me reportaron que estaban bien en ese piso alto en el que vivimos, viendo las nubes, sin salir y sintiendo los vientos golpear la venta con una intensidad que daba que pensar.

Aunque de nuevo más nada pasó. Es que ni era la época de tifones ni era el lugar ;)


Enero de 2020, y el volcán erupciona:

Para lo que siempre es el lugar o la época posible es para la erupción de uno de los tantos volcanes que hay en el país. De hecho el Taal, muy bello, situado en el centro de una laguna que habíamos visitado sólo unos días antes, explosionó sin aparente previo aviso, salvo para los entendidos. La gente normal, a pesar de saber que vive en un lugar con un volcán activo, se quedó atónita mirando como si la ceniza y la lava no fueran a llegar.

Y la lava no afectó tanto como se esperaba, pero la ceniza llegó a la puerta de nuestra casa en Manila, a dos horas en coche. No salimos por tres días y todo se puso gris. Nunca había vivido dentro de un cuento.


Febrero y marzo de 2020, pandemia global:

Aunque el mayor cambio estaba por venir sólo un mes después, y no solo en Filipinas sino en todo el mundo.

Mientras estaba guardando las mascarillas que usaba  para poder respirar el aire de la ciudad con ceniza del volcán porque ya no las necesitaba, escuche la noticia: pandemia. Y no podía esconderme de ella ni siquiera estando aquí tan lejos de casa, con lo cual tenía que volver a sacar las mascarillas, lavarlas, prepararlas junto a guantes, comprar provisiones y esperar en casa hasta el día de hoy.

20 días  y contando. Queda mucho camino por delante. Toque de queda de 8 de la tarde a 5 de la mañana. Policía y ejército armado en las calles. Una lucha contra este COVID-19 del que todo el mundo habla ahora y en el que no se puede dejar de pensar.

La vida, más que una película.



jueves, 2 de enero de 2020

Planes y estrenos


Segunda de mis vidas filipinas pendiente de transmitir: Una pizca de Manila.

A inicio de los años 20 que ayer empezaron…

En muchas ocasiones, viendo las reacciones de Mila y lo que ella está comenzando a vivir en su infancia, recuerdo pasajes de la mía. Y es que, aunque todas las personas pasamos momentos traumáticos, la mente es tan interesante que se suele quedar con los buenos recuerdos. Quizá sea por eso, o estoy casi segura que quizá también tiene que ver con que mis padres hicieron todo lo que estuvo en su mano, los recuerdos de mi infancia son casi todos buenos. Varios de ellos son los ratos que pasaba los domingos por la tarde viendo una película de sobremesa en casa, después de la rica comida en familia. Era el final de los 80 cuando solían empezar a las 3 de la tarde. Podía ser una de los Hermanos Marx, un western, dé época o de las guerras mundiales.

Al llegar a Manila, salir del aeropuerto y descubrirme detrás de un yipni, escuchando música antigua en inglés, no pude evitar imaginarme en una de esas películas sobremesa. No durante una escena de batallas sino esas otras en las que mostraban las ciudades el sudeste asiático para situarte… En realidad, algo muy distinto a la Latinoamérica en la que había estado trabajando los últimos años, ya que, aunque Filipinas tenga mucha influencia latina, quien se adentra en su realidad descubre que hay más diferencias con lo latino de lo que parece.

Típico yipni (jeepney en inglés), en Manila.

Eso fue una noche de hace casi 10 meses. Lo que he descubierto después es que estoy viviendo en la Gran Manila, una aglomeración urbana conformada por 16 ciudades diferenciadas, y complejísima en cuanto a organización, lenguas, cultura, etnias e historia. Pero si nos concentramos solamente en sus habitantes y los sumamos, ya supera a otras megalópolis como México DF en densidad población. No olvidemos que el DF llegó a ser la ciudad más poblada del mundo en su momento, antes de que todo Asia creciera del modo que lo ha hecho en las últimas décadas. Aunque lo más complicado que he averiguado es lo impredecible que es el tráfico aquí, y moverte de un lado al otro. Hay que armarse de paciencia, ponerse películas en el móvil, coger un libro, meditar o escuchar música. Porque un trayecto de media hora al aeropuerto puede convertirse en 3 horas y muchas veces no sabes por qué.

Desde esta también llamada Metro Manila, en concreto desde la más grande de sus 16 ciudades, es el punto del mapa desde el que escribo ahora. Estoy en un rinconcito en la densa Ciudad Quezón, en una burbuja dentro de ella que se llama Eastwood City, o simplemente Eastwood. El distrito es un sitio pequeño, con forma circular, lleno de oficinas y gente las 24 horas, lleno de luces, de cafeterías, de actividades y de restaurantes de todo tipo en pocas calles, y en definitiva lleno de asfalto y edificios. También tiene un pequeño micro-oasis de árboles en el centro y un laguito artificial. 

El centro de Eastwood el 31 de diciembre, desde mi ventana.

Anteanoche, 31 de diciembre de la pasada década de los 10, estuve paseando por la bulliciosa plaza central en la que había conciertos, por la que no podía casi ni moverme, ya que Eastwood es famosa por su celebración de nochevieja, con actuaciones de artistas de Filipinas, fuegos artificiales y demás. A las 7 de la tarde las familias y sus amistades estaban llegando para cenar. Pues bien, mi mochila estaba en el carricoche de Mila, y mi móvil en el bolsillo del pantalón (como mucha gente hace por aquí, ya he adquirido la costumbre). Y nada pasa. No he vivido en lugar más seguro que mi actual barrio.

Y este ambiente de seguridad se suma a la gentileza de todo el mundo con quien nos cruzamos, que da mucho esperando reciprocidad, si se puede (esa es mi sensación). Mucha gente suele estar de paso, pero poca vive aquí todo el tiempo, y casi todo el mundo nos conocemos, lo que genera un ambiente amable para criar a una niña. Aunque he de ser sincera, el lugar se me hace pequeño muchas veces porque se camina cuatro calles y se sale a la avenida inhóspita que tenemos al lado, llamada C5. La C5 es una de las arterias principales para el tráfico de Metro Manila, no necesito explicar mucho más. Pero Eastwood es, sobre todo, para una pequeña familia sin coche, cómoda. Por poner un ejemplo, el centro comercial (o mall) del centro fue uno de los primeros de Manila que admitió mascotas…

Eso me lleva a pensar en lo que llamo la “vida de mall”, debida, sobre todo (en mi opinión) al calor. Y es que me encantan los espacios libres, pero lo más prudente es visitarlos a primera hora de la mañana. Más tarde la humedad y la temperatura no te dejan. Eso si no llueve. Un centro comercial suele ser apropiado, aunque no a todo el mundo nos guste en un principio. Así paseamos por las tardes: por pasadizos que conectan una parte del otro de los edificios, comprando un té frio con perlitas taiwanés (¡me encanta!) en una esquina de uno de esos pasillos, saboreando unos siomais (dumplings filipinos) en otra esquina y jugando en un parque infantil con aire acondicionado.

Siomais de cerdo y gambas.
Té con leche y perlas.










Y saludando y tratando de decir algunas palabras en tagalo, ya que, aunque aquí el nivel de inglés es bastante bueno, para mucha de la gente es de hecho su tercer idioma después de la lengua materna de la región y del tagalo. Algo que me ha sorprendido bastante es la cantidad de vocabulario que se conserva en este idioma del español, a pesar de ser tan distinto gramaticalmente. 

Mientras trato de hacer esos pinitos de los que hablo, miro hacia abajo saliendo a la calle desde una de las partes del mall y veo el paseo de la fama de Eastwood. Estrellas de famosas y famosos de Filipinas, que aparecen en series y películas en tagalo. 

Y miro hacia arriba y veo los más de 30 pisos de espejos, del edifico de oficinas desde el que antes de anoche mucha gente recibía el 2020, y pienso en teleoperadores/as y personas con la que comparto las comidas saliendo del cubículo del coworking en el que trabajo. Filipinas destaca en cuanto a recursos humanos ligados con las nuevas tecnologías, y eso que no estamos en otros de los países de la zona realmente punteros a nivel mundial. Mucha gente viene de fuera a trabajar en esas plataformas de oficinas. Y en las conversaciones que tengo a mediodía con gente muy joven aprendo términos o procesos que sólo en Asia se puede aprender.

... Mientras continúo el paseo por esta mi segunda realidad en el país, viviendo de forma tan distinta mis dos vidas de las islas, entre Zamboanga, en Mindanao y Manila, en Luzón… Tratando de aprender a no hacer planes cuando no se necesite y a hacerlos cuando sea preciso, y estrenando el año en la metrópoli, yo que provengo de sitio pequeño…

jueves, 15 de agosto de 2019

Pamamahagi



Mi vida en Filipinas se puede decir que está dividida entre dos realidades: La de la gran Manila, en la isla de Luzón, norte del país, y la de Zamboanga, en Mindanao, al sur. Dos horas de avión y siete mil islas de diferencia. Muchos viajes y poco tiempo para compartir, pero ahí van estas letras, por fin, seis meses después de llegar. Comienzo por el sur, para luego hablar del norte.


Mi realidad en Zamboanga

Desde que he llegado he viajado seis veces a esta urbe de Mindanao. Durante uno de mis viajes he compartido coche con una reconocida feminista de Manila que me ha regalado unos separadores de libros, mientras llegábamos juntas al lugar de uno de los talleres del trabajo que realizo ahora. Y me lo ha dado mientras comentaba: “Siempre me gusta este pamamahagi cuando estoy con amistades y con gente a la que aprecio o con la que comparto. Suelo preparar estos separadores de libros como pequeño regalo para fomentar la reflexión y la lectura”. 

Pamamahagi, en tagalo, significa distribución. Y pienso yo: ¿Cuál es mi pamamahagi para ella y para otras personas que aprecio o con las que he compartido algo? Espero que esto lo sea. Por eso voy a tratar de ordenar la cantidad de impresiones y sensaciones que me generan mis primeros viajes a través de siete sencillos titulares.

Mapa de Filipinas con la localización de Zamboanga resaltada al suroeste de la isla de Mindanao

Primero. Zamboanga:

A través de las noticias es probable que lo poco que se conozca fuera de Filipinas, o incluso para mucha gente dentro del país, acerca de esta ciudad de la isla de Mindanao, sean sus problemas de seguridad y la situación con la población musulmana.

No voy a contar toda la historia de la antigua Región Autónoma en Mindanao Musulmán (ARMM en inglés), que a día de hoy ha pasado a ser la Región Autónoma en Mindanao Musulmán del Bangsamoro (en inglés BARMM), porque sería muy largo de explicar y no afecta sólo a Zambonaga sino a toda la gran isla de Mindanao. Este post son mis impresiones y no una reseña histórica. Tampoco resumiré por qué, tras el plebiscito de autonomía celebrado a inicios de este año, Zamboanga no deberá reorganizarse para lograr la autonomía, porque ha decidido no ser parte de la BARMM (a diferencia de muchas otras ciudades de la isla), porque eso sería más largo todavía.

Lo que sí voy a contar es cómo vivo yo la realidad a través de las conversaciones que he ido teniendo hasta ahora con las personas con las que he compartido momentos de trabajo y personales. Y la vivo como alguien que debe estudiar desde un hotel la historia de una ciudad que le ha llevado a la violencia actual, ya que no puedo salir más que para lo que deba por trabajo. Una violencia quizá provocada por la llegada de gente colona cristiana a la ciudad durante el periodo en que Filipinas era Estados Unidos, hace ya más de 70 años. O quizá por la ocupación española anterior a esto, visible en su arquitectura colonial, y que, aunque duró mucho más tiempo que la de Estados Unidos, no abordó el problema antes de que estallara. O quizá por los intereses actuales que llevan a grupos armados musulmanes a hacerse más fuertes, no sólo en esta zona de Asia, sino en distintas partes del mundo...

Pero lo que está claro es que esta ciudad acoge a día de hoy a mucha gente desplazada de otras partes de la isla más afectadas por el conflicto, que se necesita mucho trabajo con la población para que continúen actitudes de paz y convivencia interreligiosa, que cada día que pasa siento que la realidad es más compleja y que los detalles que voy conociendo me hacen comprender cada vez menos por qué no cesa la violencia.

Segundo. Matrimonios:

Zamboanga es la segunda ciudad que conozco en la que los matrimonios interreligiosos cristianos-musulmanes son habituales, después de Uagadugú, en Burkina Faso. Y me apena pensar que, aunque coincidentemente ambas ciudades lo viven de una forma natural y en la mayoría de los casos ni la mujer ni el hombre pierden sus raíces, en Burkina la situación está empeorando por causas religiosas, mientras que, a este lado del mundo, en Mindanao, no parece mejorar la cosa a pesar de los esfuerzos que se hacen desde la sociedad civil. Es duro ver que un conflicto estalla, por ciertos intereses que puedan haber, y cambia situaciones de verdadera convivencia que empieza desde lo más básico, desde las familias.

Vintas navegando durante un festival de la ciudad
Tercero. Vintas:

Pero entre tantos grises como puede parecer que haya, resalta un colorido. Y es el colorido de las vintas, embarcaciones con unas velas que se ven por todo Zamboanga, adornando el mar. Si bien el cierto que alguien de Europa y recién llegada como yo no puede navegar libremente en ellas, es muy bello verlas con sus mástiles siempre desplegados, ya que por suerte todavía se mantiene la forma artesana de hacer las velas. Se dice, además, que sus rayas verticales de colores representan la también colorida cultura de la comunidad musulmana, de indígenas de la isla, así como de las otras herencias coloniales.

Cuarto. El este y el oeste:

Desde que comencé a viajar por el mundo he escuchado mucho acerca de por qué la gente “del norte” es de una forma y la gente “del sur” es de otra. Y si bien es cierto que existen muchas personas que provienen de lugares como los que he nacido que creen que lo que piensan tiene más sentido sólo por ser de donde son, o aplican cierto sentido paternalista a lo que hacen, nunca he estado de acuerdo con fomentar estas diferencias a través de un discurso.

Para mí el “norte” y el “sur” nunca han existido como tal y el hecho de crear compartimentos estancos no nos ayuda. De hecho, si observamos el globo terráqueo desde el espacio nos cuesta saber dónde está el norte y dónde el sur, todo depende de cómo mires al planeta. Se necesita darle nombre a los polos por la atracción que generan y para orientarnos, pero de ahí a crear diferencias entre las personas “supuestamente pobres” de un “sur” y “supuestamente ricas” de un “norte” hay mucho por decir.

Pero lo que es nuevo para mí es que hace poco he escuchado ese discurso de norte-sur (que tanto tanto he oído en África, América Latina y Europa) en alguien en Zamboanga, que lo ha usado del mismo modo, pero refiriéndose el este y el oeste. Y yo he pensado: claro, Australia está al sur de Filipinas y forma parte de ese llamado “norte”. Y, además, al este están los Estados Unidos… Esa conversación me ha parecido muy interesante porque me ha permitido conocer mejor el contexto en el que trabajo. No obstante, no puedo evitar seguir pensando que las personas tratamos de fomentar diferencias, más allá de nuestras culturas, para justificar que nuestro argumento tiene más peso que otros.

Quinto. Mis compañeras:

Campamento de paz para adolescentes
de Zamboamga.
Una de las personas con las que más trabajo, mujer de éxito desde mi punto de vista y ya de cierta edad, estuvo en la cárcel en el pasado por participar en manifestaciones y movimientos reivindicativos. Otra de ellas estuvo secuestrada durante un tiempo considerable por un grupo islámico. Ambas son cristianas católicas de Zamboanga, y su vida ha sido desde siempre la lucha por la paz. Mujeres fuertes en un contexto hostil, que me enseñan cada día que el trabajo duro es lo que consigue cambios. Han sacrificado mucho, han acertado, han fallado, han caído y se han levantado muchas veces, y siguen sin abandonar. Y, en fin, a día de hoy les “comen” tanto los papeles como a mí, pero es su bagaje y el de otras personas como ellas lo que hace que la actividad que compartimos se siga renovando.

Sexto. Chabacano:

Recuerdo que la primera vez que leí sobre la lengua chabacana, estando todavía en Bogotá, lo comenté con una persona ya de cierta edad que es de allí. Recuerdo que no me creyó y se fue a verificar en la Wikipedia que este idioma existe.

Como curiosidad, tanto en Colombia como España algo chabacano es algo de mal gusto. En la ciudad de Zamboanga es todo lo contrario: es su lengua, su identidad. El criollo chabacano tiene el origen en el castellano de la colonia y se ha ido mezclando con el tagalo y otras lenguas locales, creando algo curioso para los oídos de las personas hispanas. Podría parecer un castellano mal conjugado la primera vez que se escucha, pero después se descubre la gramática propia que tiene detrás.

Y es más curioso aún que el vocabulario se parece al castellano antiguo que se habla en algunas partes de América Latina. Alguien me ha comentado una historia que podría ser realidad o ficción, pero que escribo porque me ha resultado curiosa: Me ha dicho que se debe a que las carabelas españolas hacían una parada en Centroamérica o México, donde subía gente del lugar, quienes viajaban hasta aquí por comercio. Como digo, no trato de dar reseñas históricas porque, aunque he buscado no he encontrado nada contrastado, pero hay quienes dicen que fueron estas personas criollas quienes exportaron la lengua a Mindanao. De hecho, el chabacano antiguo se entiende perfectamente para personas hispanas y el chabacano moderno es, como dicen por aquí, un “broken spanish”, mucho más mezclado con otras lenguas, incluyendo incluso el inglés.

Septimo. Marang y lanzones:

Para terminar esta serie de titulares sobre Zamboanga hablaré un poco, porque no puede faltar, sobre la comida. Pero esta vez no me voy a centrar en sus ricos cangrejos y resto de marisco, sino en la fruta. Y es que pensaba yo que después de haber vivido cerca de la selva del Amazonas no me quedaba ya mucho por saborear, pero estaba errada. Si alguien viene de vacaciones al sur de Filipinas en la época de estas frutas (de junio a septiembre, creo, debo confirmar) no puede dejar de comer marang y lanzones. El marang en su exterior es algo entre un coco y una chirimoya… pero su interior es casi más rico que ambas. Y los lanzones son amarillos y pequeños, se aprovecha poco y no se puede por nada comer la pepita que está amarga, pero la parte blanca es tan suave que sólo apetece tumbarse y degustar. ¡Nuevas frutas conocidas, y las que tienen que venir!

Marang
Lanzones












Y hasta aquí la primera de mis dos papamahagi… con un agradecimiento por estar aquí, a pesar del estrés que me ha costado llegar con toda la familia. Porque el camino se construye justamente caminando, y nuestro camino en este rincón del sudeste asiático tildado de algo latino pero que es mucho más que eso no ha hecho más que comenzar…


domingo, 9 de junio de 2019

Y de repente, la lluvia


Post pendiente Nº2 de 2

Desde que llegué a Manila el 9 de marzo de 2019 no ha parado de hacer sol. Nuevo continente, nuevas sensaciones en todos los aspectos. La vida que se complica un poco más pero no evita cambios y decisiones. Y de repente, volviendo en avión del cuarto de mis viajes a la isla de Mindanao, en el sur de Filipinas, comienza una lluvia torrencial que se asemeja a aquellas de Colombia y recuerdo que tenía un post pendiente sobre mí despedida allá.

Quizá la lluvia me recordó eso por ser una de las pocas cosas que he encontrado iguales aquí y allí. Quizá no había conseguido sacarme ese nudo del estómago que he llevado conmigo por casi medio año y por eso no era el momento. O quizá sencillamente no he tenido tiempo con los viajes, el nuevo trabajo y la peque de casi dos años.

Las últimas semanas en Colombia no fueron para nada especiales. Seguimos con la rutina de cada día como si nada fuera a pasar. Quizá haya sido el mejor lugar en el que yo alguna vez haya trabajado y donde me haya mudado, pero la salida ha sido mucho más suave de lo que imaginaba. Ha habido camiseta y taza de recuerdo de mi oficina, ha habido desprendimiento y cosas vendidas y regaladas, ha habido mucho parque para aprovechar el verde que ya no tendremos aquí, también un temazcal reponedor, y ha habido achuchones y lágrimas, pero pocas.

Esta publicación puede servirme para mantener la cordura en mis nuevos tiempos y nueva vida. Y eso pasa por ser feliz, no olvidar y esperar que el destino me lleve de vuelta. Algo habrá quedado, eso espero, al menos algo digno de contar en el tiempo que tengo durante la siesta de mi hija. Y es esto que comparto. No hay fotos, porque quisiera transmitir los sentimientos en palabras. Colombia ha sido el lugar que más me ha cambiado la vida, y yo que pensaba que había sido Bolivia. Aunque todo lleva a algo y todo es por algo. No hubiera habido un lugar sin haber pasado por otro antes.

Gracias gente a la que he conocido. Gracias procesos que he vivido. Gracias trabajo por haberme reconocido. Gracias mundo por mantenerme en él y por traer a bellos seres que me acompañan. Gracias playas. Gracias montañas. Gracias parajes y mensajes. Gracias a los aprendizajes que traigo a Asia en esta ajetreada época que tengo por delante. No puedo parar de dar las gracias, mejor lo dejo aquí. Gracias.


miércoles, 6 de marzo de 2019

Mayo de 2018 - febrero de 2019


Post pendiente Nº1 de 2

La maternidad es lo que tiene. Una deja de hacer tan seguido las cosas para las que antes gastaba el tiempo del fin de semana. Ahora, fuera del trabajo, casi todo es parque, cocinar y organizar la semana. Por eso en mayo de 2018 anoté algunas ideas sobre el primer viaje a mi pueblo que hacía después de dos años en Colombia. Y por la misma razón, así como por la mudanza y cambio de tres continentes en dos meses, tengo que unir esas impresiones a las que acabo de anotar en febrero de 2019, momento en el que vuelvo a España rumbo a Filipinas.

Hasta mayo de 2018 nunca había estado dos años fuera de Elda. Había viajado mucho, pero tras seis meses o como máximo un año había vuelto a mi primera casa, al lugar al que siempre volveré.


Ahora, unos meses después, describo brevemente y punto por punto, esas impresiones que tuve tras 24 meses “ausente” que anoté en ideas. Aprovecho hoy para unirlas a otras de estos días por Madrid. Y lo hago justo antes de partir a Asia:

“Lugares que ya no están donde estaban”
La avenida en la que está la casa de mis padres es central, y tenía, al igual que otras calles, tiendas y otros comercios que conocía bien. Una de las mayores sorpresas es pasear y ver lo moderno que se vuelve todo, aunque a veces conservando su esencia. Y ver a través de estos lugares que la vida pasa, la vida sigue…no espera… y en un par de años puede no cambiar mucho y cambiar tanto al mismo tiempo…

“Fábricas con timbres antiguos”
La cremallera de una maleta se me rompió y fuimos, como en buen lugar dedicado al calzado, a una pequeña fábrica a que me la arreglaran. Pero a veces se puede, otras veces no. Y aunque la maleta no se pudo arreglar había que intentarlo. Lo que más me sorprendió es que, a pesar de los cambios que encontré, en esa fábrica en concreto siguiera el timbre del mismo estilo de los que solía hacer sonar a mis 5 años. Todas las fábricas que estaban en el centro del pueblo tenían esos viejos timbres, y algo tan tonto me trajo mil recuerdos.


“Llorar en Alicante”
Sí, así sin más. Quizá por el cansancio del viaje, seguramente porque mi hija iba a conocer a sus bisabuelas, tíos, tías y amistades del alma. Pero bajé del avión, me monté en el autobús que nos acercaba a la terminal y no lo pude evitar. Una mujer se me acercó, me preguntó si necesitaba ayuda y me dijo que le recordaba a su hija, que vivía fuera. Y eso me calmó. Comencé a hablar con ella de todo un poco mientras recogíamos las maletas y hasta que vi a mis padres. En fin, que me alegré de que haya tanta gente dispuesta a echar una mano en todo lado.

“Más manifestaciones que nunca”
El momento del viaje de mayo de 2018 fue especial. Se estaban destapando varios escándalos de corrupción en la política a nivel nacional, la gente no estaba de acuerdo con los recortes en salud, y además me encontré con todas las opiniones encontradas respecto al tema de la independencia catalana. Para ser sincera, desde el 15M que presencié hace casi diez años no había presenciado que la gente de mi tierra natal se movilizara tanto. Al menos no como en los países de Sudamérica donde he vivido. Y ese cambio hacia las calles me ha generado ganas de querer volver a ser aquella que siempre estaba en las calles a principios de los dos miles.

“Café con hielo”
¡Y un café descafeinado con mucho hielo y limón, por favor! ¡Cuánto tiempo! ¡Salud por las pequeñas cosas que no hacía desde hace tiempo!

“Agua limón y horchata”
Una suerte también viajar al principio de la temporada de las terrazas, inicio del calor y los granizados como el agua limón y la horchata. Innumerables fueron los que tomé en mayo de 2018.

“Gentío”
Al igual que incontable cantidad de gente en las calles en mayo de 2018 y febrero de 2019, en todas las fechas. Y es que sale un poco el sol y por algunos lugares no se puede ni caminar.

“Nada en casa, todo afuera”
Porque me da la sensación de que en varios lugares de la península ibérica todo se hace en la calle en determinada época del año, nada se hace en casa. Por eso yo misma nunca recordaba haber pasado un domingo entero en casa sin salir, a no ser que estuviera enferma, hasta la primera vez que crucé el charco atlántico en 2005. En La Paz (Bolivia) pasé mi primer domingo descansando en casa

“Volumen alto y hablar a la vez”
También parece que me he “latinoamericanizado” bastante, estando tantos años fuera porque no llevo tan bien como antes este punto. Y no tanto el volumen sino el cómo, que ahora lo veo como si de una antropóloga social que anda tomando notas se tratase, y me analizo incluso a mí misma. Demasiado enrevesado.

“Carricoches por la calle”
Otro tema interesante es la costumbre de usar carricoches de bebé. En Colombia me di cuenta que era la gente de clase media o alta la única que los utilizaba, pero aquí me siento más normal viendo que todo el mundo tiene la costumbre. Hasta el mes pasado no he tenido la oportunidad de salir cada día al parque en este contexto y he tratado de aprovechar al máximo estos días aquello de sentirnos Mila y yo un poco más normales, aunque la normalidad sea algo relativo.

“Desayunos”
Mayo de 2018 me trajo desayunos cada día fuera de casa, la igual que febrero de 2019. Algo muy común por estos lares y que tanto echo de menos cuando estoy fuera. Hay que adaptarse, pero no dejar de hacer esas pequeñas cosas cuando se tiene la oportunidad.

“Horarios dispares”
Comer a las tres a la tarde, salir al parque hasta casi las ocho, algo rarísimo en la Bogotá natal de mi hija. No me acostumbro tampoco, sigo comiendo a la una y pensando que a las cinco o seis debemos irnos a casa, cuando todo el mundo está recién empezando a salir, incluso los peques más peques.

“Lugares con historia”
Cuando vivía en España no solía madrugar tanto como ahora. Quizá por eso veo las calles de otra manera. Salir a las siete de la mañana cuando las máquinas están limpiando las calles y sólo hay un par de churrerías abiertas, ver esos edificios viejos, escuchar los pájaros que comienzan a cantar por primavera, aun con frío, es toda una visión diferente de este lado del mundo. Y todo eso paseando por un lugar de calles estrechas con mucha energía, que se percibe por historia que han vivido esos caminos…

“Resaca en las calles”
… con esquinas sucias por la vida que hay en las noches… esperando a que los comercios se activen. Imaginar Madrid hace 200 años en este momento de mi vida no tiene desperdicio. Es genial poder olvidar el cansancio de los cambios de continente por un segundo, viviendo el lugar donde se está en un determinado momento.

“Arena en los parques”
Qué curioso. Ahora ya todos los parques infantiles se construyen con esa especie de esponja de colores en el suelo para que los y las peques no se ensucien ni se hagan daño al caer, pero parece gustarles mucho más esos espacios que aún quedan cerca de mi lugar de paso por Madrid, con mucha arena.

Ensuciarse…
Porque ensuciarse es divertido. Y me recuerda tanto, tanto, a cuando yo era niña y todos los parques eran así… ¡Cuántas caídas tengo en mis rodillas en esas piedritas que me dejaban hecha polvo, pero tanto divertían! En fin, ya empiezo a contar batallitas. Mejor seguir otro día.


Difícil es transmitir más. Me gustaría tanto que vengáis donde estoy para que conozcáis mejor cada impresión... Pero sigo con la idea que tenía al abrir este blog en Ecuador, de que lo poco que pueda compartir siempre es bueno, aunque sólo sea un instante.

Próximo post pendiente: La despedida de Colombia. Enero de 2019.