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jueves, 28 de enero de 2016

Quienes estamos


Sal, caza, ríe, explora, explota, libera, libra, sal, ven, mira, escucha, pasea, descubre,

que la marea quita, pone, escribe, da, mira, canta, baja, sube, escucha, se va.

Y quienes estamos

venimos, nadamos, caminamos, creemos, mareamos, instigamos, libramos, liberamos, queremos, o no…

Por tanto, no es por insistir pero

                descifra, captura, sonríe, investiga, sácalo, libra, libera, sal, acércate, observa, óyeme, camina, conoce.

                Es solo algo que se me ocurre decir desde un balconcito de Senegal, en octubre de 2015, desde el barrio de Mermoz,
                en Dakar.

                Porque hay calor, y la vista se va hacia el cielo.

 

lunes, 13 de julio de 2015

Sobre cómo descamar un pescado de casi medio metro


¿Cómo hace alguien de "cultura urbana" para adaptarse a un entorno en el cual todavía se hacen las cosas tomándose su tiempo y con las manos, y la comida no aparece por arte de magia en la nevera? A inicios de 2014 me propuse que iba a decrecer y la verdad es que no lo cumplí demasiado. Para que no se me olvidara me encuentro limpiando con cuidado el primer pescado grande de mi vida. Nunca lo había hecho. Y ayer la cocina apestaba pero yo estaba orgullosa de saber que puedo hacer lo que sea. O al menos no voy a poner impedimentos para intentarlo.

Es como lo de viajar a países a los que nadie se le ocurriría ir de primeras porque no llaman la atención. O como dar esa voltereta que siempre te dio miedo. O conducir sin rumbo ni pereza por quedarte colgada sin gasolina ni pueblo cercano, en una carretera perdida de África. O como escribir una entrada en el blog sin saber si a alguien le interesará.

Para quien le interese, y para que no se me vaya la costumbre de decrecer, también suelo tomar notas de cada entrada del blog a mano, en una libreta. Eso antes de pasarlo todo al ordenador. Es una forma de concentrarme, relajarme… y luego vienen los cambios, tratando de que la idea que estaba en el papel permanezca.

La entrada de hoy comienza en abril de este año, en una playa desierta. Mientras estoy con el boli en la mano solo hay una persona corriendo, de fondo, puede ser que sea rara como yo. Existen a veces puntos olvidados para casi todo el planeta menos para quienes en ellos han nacido. Os cuento desde mi carpa playera de colores, único punto que probablemente se vea desde el cielo si me apunta un satélite, algo sobre lo que sé acerca del país que me está acogiendo estos momentos. Trazas de historia y de mar.



a)  Trazas de historia

En el tercer curso de secundaria un día Don Rafael llegó a clase con el mapa de Mauritania para hablar de ese país en concreto del que mucha gente no sabe nada. Dejó sus gafas al lado del retroproyector y nos preguntó lo que sabíamos, y a medida que alguien decía algo, por muy vaga que fuera la idea que ese adolescente tenía del país, él iba aprovechando la coyuntura para contar alguna anécdota. Y darnos lecciones de humildad y de historia. Me encantaba ese profesor.

No trato de tener rigor histórico, entre otras cosas porque la historia es imprecisa y siempre hay personas que se dedican a ella y saben más. No obstante, si pudiera dar un salto en el tiempo, de esos de las películas, le hubiera dicho al profe que un buen amigo de aquí me ha contado que básicamente hay ocho fases de la historia mauritana conocidas (al menos por él):

1.  Lo primero que se conoce son los serer. Hay varios documentales sobre este pueblo prehistórico que sobrevive hoy en día en pequeños grupos repartidos entre varios países de África occidental. Sobre la religión serer y lo que aportaron a la cultura y tradiciones de la actual Mauritania, sin embargo, no se sabe demasiado. Mientras tanto también habían poblaciones bereber.

2. Tras esta civilización viene otra de la que se sabe más y que los entendidos dicen que son los primeros mauritanos que todavía existen hoy: los soninké. Son muy conocidos por ser quienes vivieron en Ouadan, uno de los lugares turísticos del país. Cumbisale (creo que se escribe así) fue la capital de su reino, aunque no he encontrado nada sobre ella. 

3.  Después llegaron los almorávides, primeros musulmanes en el territorio y de los que también desciende una gran parte de la población de mi zona de España. Fueron los unificadores de Al-Andalus y aquí en Mauritania estuvo una de sus cunas, en las ciudades perdidas, que por cierto todavía no he visitado. Tema pendiente por si a alguien le apetece acompañarme. 

4. Y tras ellos, unos siglos más tarde, arriban los Beni Hassan, una de las cuatro tribus árabes que emigró a la zona del Magreb y del Sahara allá por el siglo XI. Arabizaron a las tribus de la zona y trajeron la lengua hassanía. He escuchado que fueron los primeros que sometieron a otras tribus a la exclavitud que hoy en día todavía se sabe que existe... 

5 Se dice que entonces los peul o fulani, otro pueblo en gran parte nómada con cierto poder en esa época, sobre todo en el sur, donde está el río Senegal, buscan los Beni Hassan para luchar contra almorávides y poder quedarse en el territorio. No he encontrado mucho en internet sobre esto. 

6. Es en aquel momento cuando llegan tres entradas importantes y que probablemente conviven y se relacionan en algún momento entre ellas (disculpas si me equivoco al contar esto): una desde la zona de Tombuctú (eso me cuenta ami amigo, pero no consigo encontrar más información), otra de andalusíes que escriben los famosos manuscritos andalusíes que tanta gente viene a traducir e investigar, y la tercera entrada es la de los moriscos.

7. Todo esto da lugar a una época mucho más cercana a la moderna, con mucha gente de paso y nómada durante años, décadas y siglos, proveniente de todos los pueblos que alguna vez habitaron Mauritania. 

8.  Y voilà la llegada del imperio francés en el siglo XX, quienes colocaron el primer puesto en Nuakchot que no era nómada, para crear la capital. Eso da lugar a la ciudad desde la que escribo. Un millón continuo de habitantes con una historia de gente de paso y de mestizaje que desgraciadamente se une a una inestable pero fascinante historia moderna.


b)  Trazas del mar que voy descamando

El mar y sus saberes también me están llegando poco a poco, aunque no hable demasiado con los pescadores. Trato de quedarme con algunos conocimientos, siendo urbana como soy (ya se sabe: el pescado nace en la bandeja de plástico del supermercado). No obstante, desde esta humilde postura de quien aprende y le apetece contar, a Don Rafael le diría que:

1.  Las tellinas no les gustan demasiado a la gente mauritana, no ven claro lo de que esos bichos del mar se coman, y yo me pongo las botas. Cuando es temporada, es decir, allá por octubre - noviembre (¡ya queda poco para la temporada de este año!), y si la marea está baja, solo con entrar a la orilla y meter la mano en la arena a una profundidad de medio palmo sacas una mano llena de tellinas. Pero es que si vas un pelín más adentro (¡atención, que rompen las olas del atlántico!) lo que coges son almejas. Para comer las tellinas solo se dejan en agua desde la mañana hasta la noche y ya tienes todas las que quieras. Todas las que quieras.

2.  Pero la exuberancia de Mauritania para la pesca, por supuesto, no alcanza sólo al marisco. La variedad y buen precio del pescado te invitaría a comerlo todos los días. Ayer mismo las truites de mère que compré (parecido a una lubina, pero con manchas negras) me costaron dos euros. Ni que decir cabe que esto no es solo bueno para el país, también provoca problemas. 

3. Finalmente, le contaría a mi profesor que ahora trabajo en cooperación internacional y que hay un gran proyecto de pesca aquí, entre otros bien grandes que ha habido. Se trata de un país complicado para que las cosas se mantengan, por varias razones creo. Otro día cuento más sobre esto, para no hablar por hablar.


Mi conclusión, Don Rafael, es que solo se trata de descamarse, quitarse lo que se lleva encima que no deja ver,  y aprender. Volvería hoy a esas épocas con todo en mi mente, pero si volviera no lo hubiera aprendido, y me encanta haberlo hecho. Aunque... bueno, he de decir que me gusta tanto compartirlo por aquí como vivirlo.


domingo, 24 de mayo de 2015

Lo sostenible


DÍA 1

Lo sostenible, lo que se mantiene en el aire, lo que no se hunde, lo que aguanta y no se desmorona. Frente a mí, un montón de pájaros que están a punto de volar hacia Europa, hacia el verano de allá, para sostenerse. Esa es su forma de hacerlo desde hace mucho tiempo.

Acabo de levantarme en el Banc d’Arguin, es primero de mayo de 2015, día redondo para hablar sobre lo que se sostiene. Como digo, me he levantado al olor del café que alguien preparaba. Después he ido al baño y ahí, sobre un lavabo perfectamente nuevo pero sin grifo ni agua corriente, he leído el cartel que dice "desarrollo sostenible duradero". Mi pregunta es simple: ¿Cuánto durarán el cartel, el baño e incluso el desarrollo sostenible? Además, ¿cuánto durará la manada de pájaros frente a la playa? Y la gente que duerme en las jaima1 y que hoy se levanta conmigo a desayunar,  ¿se sostendrá?

Frente a mí, el océano que me separa de los tres continentes que conozco, a mi espaldas, el desierto que alguna vez estuvo lleno de vida. Los pájaros me ven y se alejan.

El cabo de Tafarit es bastante conocido aquí y algo peculiar. Las playas de Mauritania suelen tener mucho oleaje y no me llama especialmente la atención pasar la mañana en el agua, como me pasa en el mediterráneo. Pero aquí todo está calmado y hay que andar bien adentro para que cubra. Todavía no hace demasiado calor y a las familias mauritanas parece gustarles mucho venir unos días de vacaciones, aunque no se bañen.

Lo mejor de todo es el camino para llegar, pasando en medio de las dunas y dando botes que hacen menearse hasta el último de los músculos. Con esos saltos te parece que hasta tus órganos cambiasen de sitio y volvieran luego a su lugar. Sabes que no es así, pero te da esa sensación, y además te hace pensar en lo mucho que tu sostenibilidad depende de ese 4x4, mientras delante de ti se desvela el paisaje.

Pero sigue el viaje hacia el sur por el parque, con ese todoterreno por la línea de la playa, como antes hacía todo el mundo para ir de Nuakchot a Nuadibú, cuando no había carretera. Nunca había ido en coche por la orilla de la playa. Como no suelo repetir demasiado las cosas me quedaré con esta sensación, sostenible o no, y con el viento en la cara.


DÍA 2

Como en el día de hoy, sentada en la segunda parte del camino, la que lleva de vuelta a casa. El guía se acerca con leña. El grupo de las nueve personas que me acompañan esperan un rato, para poder comerse su "maaouiya"2 recén pescado. El sol se esconde. Las moscas y el olor intenso a mar, aunque molestan un poco, no estropean la sensación de ser un granito de arena. La noche entra y un pájaro se cuela en la jaima, uno de los miles que hay por aquí cerca…

Parece mentira que la inspiración no se sostenga en este sitio como lo hace en otros lados. Será, quizá, porque ésta suele llegar en momentos críticos. Hoy tengo una sensación de paz y de estar donde debo estar, quizá por eso no hay nada que haga saltar la chispa. Tal vez pueda mantener la llama encendida y no dejar de indignarme por lo mismo que hace quince años pero con madurez. Quizá la barca de pescadores que acaba de pasar me ayude a recuperar la sensación pensando en las largas jornadas que trabajan.

Por cierto, hace un rato ha sido justamente un grupo de pescadores el que ha traído nuestro "maaouiya" para la cena. No se lo habíamos pedido, simplemente nos estábamos dando un baño y se han acercado con la barca para pedirnos agua de beber. Les hemos dado un bidón de cinco litros y nos lo han cambiado por tres pescados. Así de simple. Así de fácil y sostenible.

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1. Tienda de campaña.
2.  A los pescados que no son los mejores pero que igual son gordos y sirven para alimentarse se les suele llamar "maaouiya", como al presidente Maaouiya Ould Sid’Ahmed Taya, quien estuvo al frente del gobierno entre 1984 y 2005, por todo lo que tenía y ostentaba, y lo bien que vivía. Dicho presidente fue depuesto por golpe de estado en 2005 y hoy vive en Qatar.

sábado, 31 de enero de 2015

Y por si fuera poco, algo suena


Acabo de leer que una amiga ha hecho una linda reflexión en un día lluvioso en casa, otra amiga se alegró cuando en mi cabeza sonó algo que de un momento a otro me llevó al pasado. Y por si fuera poco las buganvillas rosas y blancas de la valla de mi jardín me recuerdan que sigo aquí.

La idea es detenerse y pensar lo que una noche hace 20 años pudo venir a mi cabeza cuando decidí no estudiar enfermería o magisterio. Estaba tan embrollada con la marabunta de ideas de la adolescencia que un pequeño “clic” en mi mente hubiera podido llevarme aquí o allá.

No sería hasta mucho tiempo más tarde que descubriría que no hay diferencia entre ciencias y letras, norte o sur, bueno o malo, pero eso sería después de dar todas las vueltas a las que ese afán rebelde pero de niña buena me llevaban. Lo que sonaba es que ya apuntaba maneras.

Ha habido momentos malos, francamente malos, y otros vendrán. Cuando alguien me dice que no puedo hacer algo me da la fuerza para hacerlo. Eso ha sido tras mucho años y kilómetros perdida por las montañas de los andes sin calzado adecuado, cuando pensaba que no podría hacerlo. Tras enseñanzas de personas sabias que saben ponerme en mi lugar y aconsejarme cuándo debo y cuando debo dejar de soñar. Luego yo decido.

Basta de hablar del pasado, que me pierdo en filosofías mundanas que todas las personas piensan y yo me dedico a escribir. Solo diré que la cadena de acontecimientos comenzada quizá ese momento, quizá mucho antes que eso, quizá después, me hizo el 1 de octubre de 2014 aterrizar por nuevas latitudes algo más al sur de las ya conocidas. Y no son como pensaba.

Por la mañana me levanto, a veces medito, y luego suelo desayunar pan tostado un poco duro con mucho ajo, tomate y aceite. Si no voy muy apurada me hago también un zumo de naranja, pero lo más importante es el café para la fatiga mauritana (la famosa fatigue), muy común entre gente extranjera y del lugar. Una chica acogedora me dijo cuando llegué que no era por desanimarme, pero que ella estaba siempre cansada aquí. He preguntado cómo lo remedian y lo que gente suele responderme es “con el té”. Yo con el café, que el té no daría tiempo a preparármelo antes de salir de casa, y si lo hiciera no sería tan rico como el del chico de la puerta de mi oficina.

La oficina, ahí es donde voy, como muchas personas cada día en todas las puntas del planeta, mal y bien pagadas. Y no para cambiar el mundo, sino para organizarlo un poco con la gente con la que en ese momento me ha tocado convivir y trabajar. Y de paso, compartiendo por este blog que la vida idílica no existe, como ya hiciera un cooperante sabio en un artículo de un periódico que hace poco leí.

Me había quedado en el momento de llegada a la oficina. Dejo aparcado el coche prestado en la puerta de la mezquita construida con apoyo de Arabia Saudí y Mohamed me ayuda a lavarlo. Menos mal, porque está lleno de arena del desierto de los kilómetros que hice la semana pasada para venir desde el interior del país. Después cada hombre que me cruzo por el camino (a las 8 de la mañana frente a la mezquita mujeres se ven pocas) me saluda con la acostumbrada sonrisa de oreja a oreja.

Nuakchot está cerca del mar pero la playa no queda cerca del centro. El agua a veces se corta en el edificio, porque es alto, pero por lo general tengo buen internet y siempre hay luz. Eso hace que siga acelerada en el trabajo, hasta la hora de comer, si es que no tengo una reunión de esas largas. A mediodía voy a casa, al final de la jornada busco alguna “actividad extraescolar” y vuelvo a recogerme a la hora del sonido del llamado de las mil mezquitas, que son como un susurro que me recuerda que no desconecte, que estoy aquí. Y bueno, quizá después de cenar siga trabajando, pero el calor del lugar hace que la fatigue vuelva y el día se derrita.

También se me escurren entre las manos, derretidos, los pensamientos que puedo tener sobre cómo abordar determinadas situaciones complicadas, sobre cómo comprender, aceptar, sin juzgar. Realmente muy difícil no juzgar, pero como suele ser inevitable, por lo menos tendremos que hacerlo siendo conscientes de los errores a los que nos pueda llevar.

Y algo ha sonado hoy que no estaba inspirada. El grillo, la luz, el mosquito, el aire, el olor, el sabor, los despojos de los pensamientos, el bebé del alma, el orden y el desorden, lo predecible e impredecible, simplemente yo por aquí. Y mañana la marea quizá traiga algo más.

 


martes, 23 de diciembre de 2014

El ensayo del chicle


El jueves pasado venía de la ciudad de Aleg1 con Sidi, que es el nombre del chofer que me suele llevar tierra adentro para que no tenga que lidiar con camiones y huecos en la carretera. Íbamos hablando sobre sus gustos y los míos, ambos elegimos una canción del usb que yo traía como favorita para nuestros constantes viajes de ida y vuelta. Y le ofrecí un chicle.

Cuando llegué a casa, Ahmedou, el guarda, estaba en la puerta de casa con una rica comida que había preparado en el mini fogón a gas, para un amigo que viene a verle cada viernes. Mientras, comenzó a contarme que el viaje a Senegal para asistir al entierro de su tío había sido muy frío pero tenía que hacerlo, alguien debía representar a la familia que está aquí en Mauritania. Me pidió otra vez que solo le hable español, para conocer algo nuevo. Le ofrecí otro chicle.

Sé que es algo normal, no tiene nada de especial compartir un chicle del paquete que llevas en el bolso, más allá del hecho de desprenderte de una pequeña cosa. Pero mi ofrecimiento va unido a un ensayo que estoy haciendo desde 2010: el ensayo del chicle.

La cosa consiste en comprobar la reacción ante el sabor de la menta fuerte de continente en continente. ¿Simple? ¿Tonto? No sé, en todo caso es genial ver cómo las personas de uno u otro país reaccionan ante mi ofrecimiento dependiendo de su contexto cultural y de mi relación con ellas, además del idioma claro. Sólo quiero aclarar que toda la gente a la que le ofrezco esta menta fuerte no son conejillos de indias sino personas a las que quiero, aprecio, o con las que he pasado parte de mi tiempo fuera de casa. Son quienes comparten o han compartido algo conmigo.

Ese segundo. Esa conversación. Esa respuesta. Algo bonito, muy simbólico porque es algo muy personal, como todo en este blog.

Un compañero y una compañera de trabajo, los dos, en Ecuador, durante las vacaciones de verano de 2011, me trajeron paquetes grandes de chicles fuertes, encargados por mí. Me miraron risueños, pensando “con tantas cosas que podría traerle desde Europa ¿Por qué me pide chicles baratos?”. Pues porque aquí no he encontrado tan fuertes – me respondía yo –.

Allí también, una amiga con la que estudiaba me pedía un chicle siempre para despejarse en clase. Aquí, al contrario, la gente suele ser bastante comedida y no me pide nada, pero su reacción distinta al probarlo sí que se hace notar. Se hace notar tanto como el sonido de las tres mezquitas que llaman a la oración en este momento y que me rodean mientras estoy sentada en el techo de mi casa. Se hace de noche, pero no voy a despistarme, otro día os hablaré de Nuakchot.

A veces siento que sólo me salen oportunidades de repartir mis chicles con determinadas personas. No tengo acceso a todo el mundo y por cuestiones ajenas a mí no podré intentarlo... 
- Mi amiga en Ecuador ponía gestos y me decía que estaba “re fuerte”. 
- Sidi, mi compañero de viaje y de horas de coche, no dice nada pero en cuanto le sirven un té lo tira o lo guarda. 
- Mis colegas saharauis hacían broma conmigo y me pedían chicles dos o tres veces al día, con lo cual el paquete me duraba poco. 
- En mi pueblo, mi familia y amigos aceptan el chicle y hay quien me me dice que el sabor dura mucho para lo poco que cuesta el paquete. 

No sé si unos u otros se daban cuenta de que estoy ensayando a ver qué pasa mientras comparto ese momento. Y no hay respuesta inválida.

Por ahora mi conclusión es que a todas las personas nos gustan los chicles, hay a quienes más y a quienes menos, pero es nuestro contexto el que nos hace preferir una u otra cosa o hablarme de una manera o de otra mientras se masca. Esa manera va de abajo a arriba, de arriba a abajo, de igual a igual, solo variando el sabor de cada quien.

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Capital de la región de BraknaMauritania. La ciudad es popularmente conocida como el lugar de nacimiento del anterior presidente de Mauritania, Sidi Ould Cheikh Abdallahi. Esta ciudad capital ha tenido históricamente que afrontar severos problemas con la escasez de agua dulce y potable ya que se encuentra ubicada en medio del arenoso desierto del Sahara