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miércoles, 6 de marzo de 2019

Mayo de 2018 - febrero de 2019


Post pendiente Nº1 de 2

La maternidad es lo que tiene. Una deja de hacer tan seguido las cosas para las que antes gastaba el tiempo del fin de semana. Ahora, fuera del trabajo, casi todo es parque, cocinar y organizar la semana. Por eso en mayo de 2018 anoté algunas ideas sobre el primer viaje a mi pueblo que hacía después de dos años en Colombia. Y por la misma razón, así como por la mudanza y cambio de tres continentes en dos meses, tengo que unir esas impresiones a las que acabo de anotar en febrero de 2019, momento en el que vuelvo a España rumbo a Filipinas.

Hasta mayo de 2018 nunca había estado dos años fuera de Elda. Había viajado mucho, pero tras seis meses o como máximo un año había vuelto a mi primera casa, al lugar al que siempre volveré.


Ahora, unos meses después, describo brevemente y punto por punto, esas impresiones que tuve tras 24 meses “ausente” que anoté en ideas. Aprovecho hoy para unirlas a otras de estos días por Madrid. Y lo hago justo antes de partir a Asia:

“Lugares que ya no están donde estaban”
La avenida en la que está la casa de mis padres es central, y tenía, al igual que otras calles, tiendas y otros comercios que conocía bien. Una de las mayores sorpresas es pasear y ver lo moderno que se vuelve todo, aunque a veces conservando su esencia. Y ver a través de estos lugares que la vida pasa, la vida sigue…no espera… y en un par de años puede no cambiar mucho y cambiar tanto al mismo tiempo…

“Fábricas con timbres antiguos”
La cremallera de una maleta se me rompió y fuimos, como en buen lugar dedicado al calzado, a una pequeña fábrica a que me la arreglaran. Pero a veces se puede, otras veces no. Y aunque la maleta no se pudo arreglar había que intentarlo. Lo que más me sorprendió es que, a pesar de los cambios que encontré, en esa fábrica en concreto siguiera el timbre del mismo estilo de los que solía hacer sonar a mis 5 años. Todas las fábricas que estaban en el centro del pueblo tenían esos viejos timbres, y algo tan tonto me trajo mil recuerdos.


“Llorar en Alicante”
Sí, así sin más. Quizá por el cansancio del viaje, seguramente porque mi hija iba a conocer a sus bisabuelas, tíos, tías y amistades del alma. Pero bajé del avión, me monté en el autobús que nos acercaba a la terminal y no lo pude evitar. Una mujer se me acercó, me preguntó si necesitaba ayuda y me dijo que le recordaba a su hija, que vivía fuera. Y eso me calmó. Comencé a hablar con ella de todo un poco mientras recogíamos las maletas y hasta que vi a mis padres. En fin, que me alegré de que haya tanta gente dispuesta a echar una mano en todo lado.

“Más manifestaciones que nunca”
El momento del viaje de mayo de 2018 fue especial. Se estaban destapando varios escándalos de corrupción en la política a nivel nacional, la gente no estaba de acuerdo con los recortes en salud, y además me encontré con todas las opiniones encontradas respecto al tema de la independencia catalana. Para ser sincera, desde el 15M que presencié hace casi diez años no había presenciado que la gente de mi tierra natal se movilizara tanto. Al menos no como en los países de Sudamérica donde he vivido. Y ese cambio hacia las calles me ha generado ganas de querer volver a ser aquella que siempre estaba en las calles a principios de los dos miles.

“Café con hielo”
¡Y un café descafeinado con mucho hielo y limón, por favor! ¡Cuánto tiempo! ¡Salud por las pequeñas cosas que no hacía desde hace tiempo!

“Agua limón y horchata”
Una suerte también viajar al principio de la temporada de las terrazas, inicio del calor y los granizados como el agua limón y la horchata. Innumerables fueron los que tomé en mayo de 2018.

“Gentío”
Al igual que incontable cantidad de gente en las calles en mayo de 2018 y febrero de 2019, en todas las fechas. Y es que sale un poco el sol y por algunos lugares no se puede ni caminar.

“Nada en casa, todo afuera”
Porque me da la sensación de que en varios lugares de la península ibérica todo se hace en la calle en determinada época del año, nada se hace en casa. Por eso yo misma nunca recordaba haber pasado un domingo entero en casa sin salir, a no ser que estuviera enferma, hasta la primera vez que crucé el charco atlántico en 2005. En La Paz (Bolivia) pasé mi primer domingo descansando en casa

“Volumen alto y hablar a la vez”
También parece que me he “latinoamericanizado” bastante, estando tantos años fuera porque no llevo tan bien como antes este punto. Y no tanto el volumen sino el cómo, que ahora lo veo como si de una antropóloga social que anda tomando notas se tratase, y me analizo incluso a mí misma. Demasiado enrevesado.

“Carricoches por la calle”
Otro tema interesante es la costumbre de usar carricoches de bebé. En Colombia me di cuenta que era la gente de clase media o alta la única que los utilizaba, pero aquí me siento más normal viendo que todo el mundo tiene la costumbre. Hasta el mes pasado no he tenido la oportunidad de salir cada día al parque en este contexto y he tratado de aprovechar al máximo estos días aquello de sentirnos Mila y yo un poco más normales, aunque la normalidad sea algo relativo.

“Desayunos”
Mayo de 2018 me trajo desayunos cada día fuera de casa, la igual que febrero de 2019. Algo muy común por estos lares y que tanto echo de menos cuando estoy fuera. Hay que adaptarse, pero no dejar de hacer esas pequeñas cosas cuando se tiene la oportunidad.

“Horarios dispares”
Comer a las tres a la tarde, salir al parque hasta casi las ocho, algo rarísimo en la Bogotá natal de mi hija. No me acostumbro tampoco, sigo comiendo a la una y pensando que a las cinco o seis debemos irnos a casa, cuando todo el mundo está recién empezando a salir, incluso los peques más peques.

“Lugares con historia”
Cuando vivía en España no solía madrugar tanto como ahora. Quizá por eso veo las calles de otra manera. Salir a las siete de la mañana cuando las máquinas están limpiando las calles y sólo hay un par de churrerías abiertas, ver esos edificios viejos, escuchar los pájaros que comienzan a cantar por primavera, aun con frío, es toda una visión diferente de este lado del mundo. Y todo eso paseando por un lugar de calles estrechas con mucha energía, que se percibe por historia que han vivido esos caminos…

“Resaca en las calles”
… con esquinas sucias por la vida que hay en las noches… esperando a que los comercios se activen. Imaginar Madrid hace 200 años en este momento de mi vida no tiene desperdicio. Es genial poder olvidar el cansancio de los cambios de continente por un segundo, viviendo el lugar donde se está en un determinado momento.

“Arena en los parques”
Qué curioso. Ahora ya todos los parques infantiles se construyen con esa especie de esponja de colores en el suelo para que los y las peques no se ensucien ni se hagan daño al caer, pero parece gustarles mucho más esos espacios que aún quedan cerca de mi lugar de paso por Madrid, con mucha arena.

Ensuciarse…
Porque ensuciarse es divertido. Y me recuerda tanto, tanto, a cuando yo era niña y todos los parques eran así… ¡Cuántas caídas tengo en mis rodillas en esas piedritas que me dejaban hecha polvo, pero tanto divertían! En fin, ya empiezo a contar batallitas. Mejor seguir otro día.


Difícil es transmitir más. Me gustaría tanto que vengáis donde estoy para que conozcáis mejor cada impresión... Pero sigo con la idea que tenía al abrir este blog en Ecuador, de que lo poco que pueda compartir siempre es bueno, aunque sólo sea un instante.

Próximo post pendiente: La despedida de Colombia. Enero de 2019.

martes, 6 de noviembre de 2018

Aquello que nos hace fuertes


En el mes de mayo viajé a mi ciudad natal por primera vez con Mila y anoté en el teléfono móvil un montón de ideas y de sensaciones que tuve tras casi dos años sin volver. Poco después también pude conocer una nueva ciudad de Colombia, Buenaventura, donde alguien afro me “bautizó” con toda calidez y me hizo conocer sus costumbres. También tenía montones de ideas para transmitir lo que sentí en esa zona de la costa colombiana.

Pero hace más de seis meses de opositora de eso. Y les llamo esa forma a mis meses porque desde que comencé a imprimir el primero de los temas que tenía que leer, resumir y estudiar he dejado de lado todo aquello que me hace sentir bien. Más allá de eso, de las horas de oficina y de la familia no he avanzado a cumplir las metas que me propongo, y eso incluye el blog. Desde marzo.

Sin lamentos. Cada quien elige.

Edificio tradicional, downtown
Por eso, hoy que ya he asumido que por el momento no voy a continuar opositando es cuando por fin continúo con todo. Escribiendo desde aquí, desde bien arriba en el mapamundi, sin mucha inspiración por el cambio horario pero con ganas de continuar. Y reconociendo que será más adelante cuando termine esos dos post que dejé a mitad. Prometo retomarlos.

Mejor hoy os cuento por ahora cómo percibo a ese “norte” del “hemisferio norte”, a su historia y a esa ciudad llamada Edmonton, capital de Alberta, Canadá. 

Desde hace un tiempo a esta parte se vienen escuchando algunas noticias sobre el país con la hoja de arce en su bandera. Y digo algunas noticias porque se trata de un lugar supuestamente tranquilo donde no hay noticias impactantes para las masas. Las novedades que llegan fuera de sus fronteras son su presidente progresista o la legalización del cannabis. Pero, por otro lado, según los sondeos que he ido haciendo, nadie sabe cómo viven las poblaciones antes de la colonia, cuáles son los pueblos que existían antes de la llegada de Inglaterra y Francia o por qué es un país con tantas diferencias a los Estados Unidos de América, a pesar de estar tan cerca.
Arte urbano
Lo que a continuación cuento no es más que mi impresión personal unida a una muy breve indagación de información, en la medida de mis posibilidades. Y es que no abandonar lo que me propongo es lo que siempre me ha hecho fuerte.

Pero ¿Qué hace fuerte los cree, los blackfoot, los metis, los nakota sioux, los iroquois o los dene, entre otros? Lo que conocen, lo que pueden contar y transmitir, su historia, sus tradiciones. Sin ello y sin sus pieles, casas, quehaceres domésticos y de caza, entre otras costumbres, son vulnerables y dependientes del medio. Hoy en día lo son, pero no siempre fue así. ¿Y si todavía pudiera cambiar?

Bisonte en las afueras de Edmonton
En el nuevo museo de Alberta, abierto el pasado 3 de octubre, hay una pequeña sala redonda, justo en el centro. Es algo oscura y tiene una única puerta de entrada. En el lado derecho de esa puerta hay una foto de personas mayores y al izquierdo está escrito “Donde está nuestra fuerza”. Fijándonos bien en las facciones de las personas del retrato vemos que se trata de población indígena o también llamada aborigen de la zona. Si entramos a la estancia vemos ropas y enseres muy distintos de cada grupo, entre los cuales se destaca la diversidad y las distintas formas de enfrentarse al entorno. Pero lo bello de dicho museo es que ese mini espacio no es independiente, sino que “irradia” sus saberes a todo el resto del "ala de historia humana", la más grande del centro cultural. Ese es el enfoque con el que está construida.

A diferencia de otros museos, el de Alberta pone a los y las habitantes canadienses que vivían allí antes de la colonia como centro de la historia. Este es un cambio importante que ha habido allí: pedir perdón a las personas indígenas a través del reconocimiento de los valores culturales que han perdido en siglo y medio. No obstante, esto no soluciona los problemas de marginalidad que en muchos casos siguen viviendo. Sólo les reconoce de una forma distinta a 20 años atrás.

Hora punta
Y es que no hay que olvidar que hace tan sólo 40 años todavía había quienes entraban a las reservas indígenas, robaban a niñas y niños, y les llevaban internados a la cuidad a “aculturizarse”, aprendiendo inglés o francés y olvidando lo que le podían enseñar sus ancestras y ancestros. Ascendientes, cabe decir, que murieron en muchos casos hace ya tiempo llevándose conocimientos sobre cómo ser más fuerte en ese entorno hostil cerca del polo norte. Conocimientos que hoy por fin, con más o menos suerte o con más o menos exactitud, se tratan de recuperar. Como por ejemplo la forma de elaborar los mapas según las especies que habitan en la zona, o según los frutos que sobreviven a la nieve.

Edmonton es una ciudad entre el desierto frío, casi helado o blanco diez meses de los doce, donde puede disfrutarse la aurora boreal durante todo el año. Es en medio de ese desierto donde viven y vivían estas poblaciones. Y hoy según todos los indicadores es, supuestamente, uno de los lugares más “desarrollados” de la tierra.

Chinatown, downtown
Pero esa no ha sido mi sensación personal. La primera impresión cuando llegué fue la de estar en un lugar en el que no existe la comunidad, sino que todo el mundo hace vida en casa y de forma individualista. Tras ello comencé a dialogar con gente de la zona y me di cuenta de que no es tan así, sino que el clima hace mucho y que en realidad son personas, en general, con gran cultura y amabilidad. Quienes allí viven. Sí. No se puede decir que sean de allí sino que son quienes allí viven, porque el 90% o bien han llegado recientemente desde Asia, o bien descienden de Europa o Latinoamérica, entre otros lugares.

¿En qué se basa la economía de Edmonton? En ganadería y petróleo, según me aseguran un par de lugareñas, sin que yo haya contrastado esa información por mi parte. Algo así como “el Texas de Canadá” me llegaron a decir. ¿Capitalismo? ¿Zona conservadora? No, solo un lugar con bellos bisontes, mestizaje y mucho para aprender, como tantos otros.

Mi reflexión es: ¿Por qué los sitios más fríos son los más buscados? ¿Por qué tanta gente pone todos sus ahorros en una visa a Canadá teniendo estudios para luego quizá acabar de taxista? Quizá el futuro y el seguir viajando me den una respuesta más acertada. A día de hoy sólo puedo pensar en petróleo, empresas y poder. Pero también en gente como yo, como cualquiera, que trata de adaptarse al clima en el que vive, de la mejor manera que consigue.

Centro de negocios
Quedaría un mundo de cosas para decir, pero en este momento de cambios en mi vida y de falta de tiempo son sólo las sensaciones que me dejan los viajes lo que puedo llegar a compartir. En realidad es lo más importante que puede dejarse plasmado. El futuro traerá muchas más cosas para quien las lea.

sábado, 24 de marzo de 2018

Como siempre, pero más acompañada



Nuestros tres abrigos
Hace ya siete años que publiqué en este mismo blog cómo había sido mi última visita a Bolivia, en ese caso a las tierras cercanas a la Amazonía. Esta vez por fin he estado tres semanas en La Paz, donde normalmente sólo podía ir de pasada. Y sobre todo, y lo mejor, esta vez ya no he ido acompañada de un nacional sino de dos, en este nuestro primer viaje juntas, hija. Cuesta explicar lo que se siente al caminar de nuevo por Sopocachi o la Sagarnaga pero contigo…  y regresar ocho años después al lugar al que pensé que ya no volvería la primera ver que me fui.

Vista de La Paz en día de lluvia,
desde el nuevo teleférico
He visitado decenas de aeropuertos en estos años, pero no hay emoción como la de volver al segundo hogar y que la bienvenida sea a esas horas intempestivas de la madrugada con un achuchón y un buen mate de coca. No podía empezar de mejor forma. Hay una parte anecdótica que también se repite, y es que casi nos perdemos por las calles de El Alto, como cada vez que llego y no bajo en taxi hasta la ollada* paceña. Mientras encontramos el camino, esa vista de la ciudad se me pone delante, para que no olvide cómo estas alturas me erizan la piel, no importa las veces que llegue.

Y por supuesto, como aterrizamos en domingo, los nervios de ir a por salteñas no me dejan recuperar demasiadas horas de sueño. Y a las once de la mañana ya estoy esperando por una de pollo y una de carne. Pero es que al día siguiente, el lunes, en lugar de salteñas serán marraquetas bien madrugadoras, en la tienda de la casera** del frente. Y es que lo que más me hace sentir que estoy en mi hogar andino es tener todo a mano, no sólo pan sino desde unos calcetines hasta un alargador para un enchufe.
A lo lejos, comprando marraquetas, 7am
Hemos ido en enero justamente para poder comprar algo también cerca, pero en este caso algo que no hay todo el año. Cuando planificamos el viaje me fue sencillo decidir cuándo ir: Para Alasitas. Así, al tercer día ya estamos frente a una yatiri esperando a que nos challe las miniaturas de todo lo que le pedimos a este 2018 y de repente recuerdo que he olvidado pedir una nueva computadora, que hace ya once años que tengo la actual. Y bajo de nuevo entre los ríos de gente en la búsqueda de algo negro chiquito, que seguro es la máquina: “¿Cuánto cuesta esta?” - Le digo a la cholita -. “¿Quiere su tanquecito de agua, caserita?" - Me responde -. "¡Ups!" - pienso yo -. Hay cantidad de tanques de agua en las alasitas este año, cómo se nota que en sur de la ciudad, donde hemos estado, hace no mucho que se ha cortado el agua y no la han tenido por un buen tiempo. Importante es pues pedir el oro líquido transparente, sin eso no hay nada de lo demás.
Uno de los carteles de la Feria de
Alasitas de 2018
Pero lo mejor al terminar la mañana de alasitas no es ni el mercado, ni mi hija con esos ojitos mirando todo lo que sucede en una de sus dos tierras, ni la señora mayor con su nieto pasando todas sus energías a nuestros amuletos. Un simple gesto me ha terminado de arreglar la mañana de "estreses" por los papeleos previos (que también los ha habido, y muchos): una señora me ha regalado trescientos pesos bolivianos de alasitas por la calle. Así, sin más. Pero todo lo tradicional e interesante tiene, también, su otra cara. Cuando hay celebraciones como esta o el carnaval todo se para, y por supuesto ese día no hemos podido terminar nuestros trámites, ya no ha quedado nadie en las oficinas.
Certificados de buena salud
comprados en alasitas para la familia
El viaje también sigue en una semana normal de trabajo, en la que he podido ir a varios lugares donde había trabajado, compartido, vivido y conocido una parte escondida de mí. La emoción que me ha traído pasar por esos sitios ha hecho que, sin darme cuenta, cada vez que he visto uno de ellos me haya sorprendido a mí misma balbucenado algo como un “mmmmmm….”, como si degustara un manjar. Y es que he degustado mi propia historia, lo que ha construido mi vida actual. Por algo el destino me llevó allá en ese momento hace trece años y no a cualquier otro lado, para que fuera parte de mí.

Mi gata, que también nos ha
acompañado, mirando a la ciudad
Es como la política, y como llegó a ser parte de mi vida diaria cuando vivía allí. Pero es que cuesta no posicionarse porque puedes ver muy de cerca cómo te afectan directamente las decisiones de quienes mandan los países. Y no es que donde me he criado, en España, nos afecten menos, es solo que parece que a veces seamos “animales apolíticos” que vivamos en una realidad paralela a las decisiones que están tomando por nosotros/as. En Bolivia nunca me sentí así, quizá porque por ejemplo un cambio en una ley hace que la gente se levante y paralice la sede de gobierno del país. Un bloqueo deja a la ciudad sin comunicación posible, ni de salida ni de entrada, situación en la que la morfología de La Paz colabora al no tener muchas vías de escape. Y de ese modo sientes claramente como tu cuerpo, tu vida y tus planes personales son parte de la política. Como ejemplo, en este viaje hemos tenido que alargar una estancia en el lago Titicaca, por un bloqueo por el cual no hemos podido volver a la ciudad el día previsto. Otra característica que recuerdo de mi vida allí: la “re-planificación” constante.
Balsa de totora, lago Titicaca
Pero ese viaje bloqueado sería ya casi al final de esta visita, antes de eso ha continuado, en mi segunda semana, con la degustación de delicias: api con buñuelo, tucumanas, tuna, ispi… y lo mejor de todo, el menú que por fin he podido probar en Gustu, un restaurante que trata de recuperar sabores típicos a través de la cocina de chefs ahora tan de moda, pero sólo con ingredientes de temporada. Allí he podido probar incluso hormigas o lagarto, que cuando vivía en La Paz no pude. Y hablando de lo típico, aunque lo que se coma sea algo tan internacional como el pan, el queso, las “carnes frías”*** o la mantequilla, lo mejor de lo mejor de lo mejor es esa costumbre de tomar siempre té (tecito) por la tarde. Si una comida se alarga y dan las cinco de la tarde no te vas de un lugar sin tomar tu tecito, y si llegas a una casa a esa hora que no se diga: ¡A comprar insumos para el tecito! De veras que las tardes de té caliente cuando afuera hace frío me encantan.

Pique macho cocinado en casa
Hormiga de la comunidad de Apolo,
en el restaurante Gustu
También me encanta que casi todo siga en su sitio, como el lugar donde celebré mi 28 cumpleaños, que de llama Dumbo y es un restaurante familiar de toda la vida, o el cafecito cerca de la Plaza San Frascisco donde hacía las reuniones de trabajo del pequeño proyecto que fue el primero que gestioné, o el Café Ciudad donde iba a recuperarme tras las noches de juerga y que sigue estando abierto 24 horas, o pasar por la UMSA y seguir viendo sus conciertos en la calle, y tantas otras cosas que tuve la suerte de volver a experimentar con la familia y en mis dos tardes de asueto deambulando sola.

Precisamente en esas dos tardes de asueto de mi segunda y tercera semana he podido también volver a hablar con gente querida, como si nos viéramos todos los días, justamente sobre lo que cambia y lo que no, después de correr para poder hacer todo lo que recuerdo que hacía en mi vida allí. Hablamos de lo tradicional que sigue siendo La Paz a pesar de los cambios que se ven tales como el nuevo teleférico de la ciudad. Un ejemplo de ello es que plataformas como Uber, que en otros lugares del mundo han funcionado muy bien, son todavía poco usadas. La gente sigue prefiriendo el bus, el taxi (muchas veces aun arreglando el precio antes de subir), el radio taxi, el trufi o el minibús. Los transportes de siempre generan mayor confiabilidad, al ser lo conocido. Es como si todo fuera a su ritmo en esta ciudad de las punas alto andinas. Es el único lugar del mundo que conozco donde McDonald’s quebró. En fin, que si no fuera así no sería La Paz.

Tampoco sería lo que es si no siguieran existiendo zonas como la feria de El Alto, el Uyustus o la Eloy Salmón, lugares en los que puedes encontrar casi de todo. Y tampoco sería La Paz si no continuara sorprendiéndome lo interesada que está a gente por todo lo relativo a la cultura, con conciertos que se llenan. Y tampoco si no hubiera la challa de la casa, de la oficina o del auto, y otras tantas, tantas tradiciones y detalles que no puedo parar de enumerar. Pero tampoco si consiguiéramos movernos bien con nuestro carricoche por las calles con esas subidas y bajadas. Y finalmente tampoco si las despedidas con la familia no fueran tan cálidas, entrañables, con esas vistas a la ciudad, y si no me hubiera hecho tanta gente sentir que siempre tendré allí mi casa.

Despedida de la familia

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* Se suele decir "ollada" a La Paz por la forma que tiene de olla la ciudad.
** Se les llama caseras y caseros a las dueñas de los comercios o puestos donde se suele comprar todos los días. También esas personas le llaman casero y casera a quien le compra seguido.
*** Así se le llama al embutido.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Reparar es transformar


Volver al trabajo después de 5 meses desconectada teniendo que dar unas palabras sobre la situación de posguerra en Guatemala para presentar a una persona que venía a Colombia, sin conocer el contexto, no viene nada mal para investigar y leer sobre algunas cosas de las que no tenía ni idea. Interesarse es conocer.

He tenido la suerte de escuchar a alguien de una organización que se llama “Mujeres transformando el mundo” sobre lo que es la reparación transformadora, término a través del cual he aprendido más acerca de lo complicado que es que una persona y una sociedad se recuperen de un conflicto.

Y es que para transformar, cuentan desde esta organización, tuvieron que hacer todo el esfuerzo del mundo para que las “abuelas” de una pequeña aldea tuvieran una sentencia judicial en firme que les permitiera a ellas y a su comunidad seguir adelante tras años de abusos sexuales y violencia de todo tipo, pero más profunda hacia ellas.

La reparación es el último eslabón de la justicia, pero el más importante para poder volver a tener una vida normal. Por suerte, en este caso, se dio un contexto favorable y consiguieron que quedara todo sobre el papel, tras un juicio muy mediatizado, pero que consiguieron ganar. La otra cara es que desafortunadamente se ganó no porque fuera justo reparar a un grupo de mujeres mayores (porque si así fuera en tantos apartados lugares del mundo habría miles de sentencias) sino por dos simples motivos: porque la televisión no se opuso y porque las abuelas transmitían credibilidad, al menos algo más que una joven con poca ropa.

Pero la cosa no quedó en la sentencia. Quienes sabemos acerca de lo que significa la legalidad ligada a la violencia basada en género sabemos que no sólo hay mínimas sentencias sino que cuando éstas se consiguen luego no se hacen realidad. Este caso no fue diferente: hubo 500 páginas de una resolución judicial que por supuesto no iba a leer nadie, y mucho menos en una comunidad en el campo, y por tanto iba a quedar en nada. Mujeres transformando el mundo tuvo que resumir el texto, dejarlo todo muy clarito y ponerse manos a la obra para la reparación. Para ello tuvieron que recoger montones de datos e ir institución por institución haciéndoles ver la situación real de estas abuelas, ya que quienes debían poner en marcha las medidas de la sentencia no se lo tomaban en serio o no les creían… no creían que la situación de estas mujeres hubiera sido tan grave como se decía.

En fin, que por lo que escuché esa estupenda mañana de hace un par de semanas en Cartagena de Indias y por lo que he podido averiguar, se trata de un caso realmente emblemático. Se pagó a estas mujeres, se obligó a instituciones públicas a hacer bien su papel y se les ofreció no sólo a estas mujeres sino a sus comunidades una mejor salud y otros beneficios, tras la guerra en Guatemala.

Y es que no basta con meter a los culpables en la cárcel. Eso sólo es el principio. La vida viene después, mientras haya vida.

El pueblo y el caso se llaman Sepur Zarco. La rabia es que estas reparaciones son casi inexistentes en el mundo. ¡Bravo por quienes consiguieron dar este paso en un planeta deshumanizado! 


domingo, 24 de septiembre de 2017

Lo que estoy viendo ahora


Hoy ya son las 17:35 del día 54 tras la llegada de ella. Las conexiones mentales cambian, los miedos cambian. Una amiga me dijo una vez que fue a partir del nacimiento de su hija que le empezó a dar pánico montar en avión, por si algo le pasaba, para que la niña no se quedara sola. Por mi parte, trato de luchar contra mis fantasmas internos pero es complicado con alguien que depende de una.

Hace como tres semanas estaba en urgencias de una clínica. Simplemente el postparto se complicó por una infección unida a uno de esos virus ambientales. Allí tuve un tiempo obligado para “recopilar” cómo inició mi embarazo y cómo me encuentro a día de hoy, con la vida cambiada entre viaje y viaje. Sólo tengo un corto periodo para reflexionar, luego volveré a mi rutina de moverme de acá para allá, con otro matiz pero retomando las cosas de siempre. Por eso es en este momento que resumo lo que mucha gente vive pero que cada persona sentimos de una manera.

-        Antes: No poder te deja mentalmente agotada, así como el hecho de deber decidir el mejor momento en una vida inestable en muchos sentidos. Ya decidido, por fin, no es como parece. En mi caso tratamientos, engordar, mal humor una vez cada 28 días durante meses y meses, no preocuparme más que por esto, a veces desesperación, a veces esperanza. Y un entorno cercano nada comprensivo en algunos momentos (no olvidaré la frase de una jefa del trabajo que no llegué a denunciar: ¡Ni se te ocurra embarazarte!). Pruebas, lentitud, paciencia, mucha paciencia.

-        Los primeros tres meses: Ya por fin el positivo y llegan los altibajos de los que te hacen creer que estás un poco loca. También los temores y alegrías, el mal cuerpo y los análisis sanguíneos totalmente trastocados. Pastillas, médicos pero también amistades y familia. Organización para el futuro, nervios y esperanza. Picores, nauseas, buen y mal humor. También, como no, las primeras compras y con ellas las primeras cuentas, unidas a un poquito de vértigo.


-        Los tres de en medio: Comienza a cambiar todo. Los picores se vuelven ronchas y los viajes más reducidos. Vienen calambres, viene de todo. Con la ropa que no cabe una se siente más feliz. Se notan dolores pero las primeras patadas hacen que todo se lleve mucho mejor. Es, como en todo momento, lo duro unido a lo dulce, el dolor unido a la ternura. Como alguien del trabajo también me dijo en este trimestre, “yo me lo he buscado”. Si, es cierto, pero no por ello se debe dejar de compartir no solo lo bueno sino también lo malo, aún en alguien como yo que lo esperaba tanto.

-        El tercio del final: La dieta cambia y el pincharse seis veces al día para medirse la glucosa se vuelve duro si se da el caso de tener diabetes gestacional como yo, otras tendrán otra cosa. Una ya no aguanta el cuerpo y las preocupaciones por el final llegan unidas a las ganas de que por fin todo acabe. No dormir, ya no dormir. Molestias y más molestias. Y amor, mucho amor, hasta que llega el momento y le ves. 

-        Y el post: Se suele contar muy poco de la madre en el postparto, pero si se indaga se encuentran casos de todo tipo: incontinencia y problemas variados en el baño, infecciones, depresión por no poder lactar bien, excesiva responsabilidad volcada en la madre por presiones varias, dolor en los pechos... entre otras cosas. En mi caso, aunque vivo esto muy bien acompañada, puedo comer sushi y jamón, correr la maratón si quiero y cuidar a mi gatita, esta etapa ha sido más dura que el embarazo.

No nos vamos a engañar. Esto no es un lecho de rosas y no se es mala madre por decirlo. La dulce espera puede ser la ardua espera y aunque casi siempre sale todo bien después y las personas tengamos la capacidad de olvidar lo malo, he querido escribir este resumen antes de ello, para recordar a todas las mujeres que pasan por esto sin cesar, y deseando que el mundo reconozca y ponga por fin a cada quien en su lugar. Y dicho sea de paso, no puedo ser más feliz.


Raquelicayni seguirá publicando lo que ve, allá donde esté, pero en este preciso momento todo lo que estoy viendo es su cara, eso es lo que veo. La aventura seguirá luego, siempre con ella.